Después de más de nueve años de blog, después de dos recetas de bechamel, ambas con cocción en el microondas, y después de haber mencionado la bechamel múltiples veces en varias recetas, creo que ha llegado el momento de escribir la receta de la bechamel clásica.

O mejor dicho: de la bechamel clásica como la hago yo, en mi cocina, con mis manos y con mis utensilios, y sin ninguna pretensión de quererla llamar ni tradicional, ni verdadera, ni original.

Una aclaración necesaria, siempre hecha cuando he escrito sobre recetas tradicionales, indispensable en esta época actual, en la que existen personas que se arrogan el derecho de lanzar ofensas a quien ‘se atreve’ a no tener feeling (digámoslo así, porque decir no me gusta o decir prefiero hacer la receta de otra manera no se puede) con algunas recetas tradicionales. Pero parece que hay quien considera que tener el atrevimiento de personalizar a su gusto una receta debe ser motivo suficiente para lanzar ofensas.

Esta actual mezcla entre, por un lado, una imparable globalización de las recetas, en la que todos replican las recetas del universo mundo, y, por otro lado, un maniático apego a las recetas tradicionales (pero solo las propias, nunca las de los demás, porque las recetas tradicionales de los demás no cuentan y valen menos), este cortocircuito francamente me cuesta comprenderlo. No ha pasado tanto tiempo desde que las recetas no se consideraban motivo de enfado y confrontación, sino que eran, simplemente, comida. Desde cuando cocinar era una simple cotidianidad y no una competición.

He recibido recientemente ofensas por haberme atrevido a escribir en una conversación online que a mí la carbonara no me gusta y que (en mi casa y sin haber tenido nunca la intención de escribir la receta) la personalizo para hacerla adecuada a mí. Un desconocido se sintió en el deber de intervenir con ofensas gratuitas dirigidas a mí y, no contento, a todos mis paisanos. Y fue precisamente esto lo que más me perturbó, constatar que hay alguien (¿de verdad?) que utiliza las recetas regionales como bandera de superioridad, como si no viviéramos en una única Italia sino aún hoy en Granducados, dos Sicilias y el Estado Papal. ¿De verdad estamos así?

Las recetas tradicionales son un patrimonio, y existen recetas depositadas y reglamentos que las protegen. Pero la cocina, como todo, evoluciona. Nada permanece estático (ops, a parte de algún pensamiento poco pensante…). Las mezclas son algo natural e ineludible, en la cocina como en cualquier otro ámbito. ¿Alguna vez habéis pensado en cómo evoluciona el idioma? Sin ir a incomodar al latín y al vulgar, basta con coger un libro de hace algunas décadas para ver las diferencias evidentes con la forma actual de escribir y hablar. Quizás en el futuro el idioma de mis abuelos desaparezca por completo, ese dialecto que ellos tenían como lengua única, que mis padres aún hablan todos los días junto al italiano, ese dialecto que yo sé hablar muy poco como poco hablo el inglés, y que mis hijos no hablan para nada mientras saben el inglés a la perfección. De la misma manera creo que dentro de algunas generaciones será normal cocinar cosas que ahora rechazamos, o que quizás aún ni siquiera conocemos. Tal vez sucederá que mi amada piada tradicional con manteca, en otro tiempo imprescindible y ahora conviviente con la versión al aceite, no será más prioritaria, porque quizás la manteca no será más comprada por nadie (¿posible? ¿imposible? ¿y quién puede decirlo?). Y sucederá, quizás, que la carbonara (o los pizzoccheri o los vincisgrassi) no será más idéntica a la que alguien ahora se permite lanzar ofensas (¿posible? ¿imposible? ¿y quién puede decirlo?).

Puede parecer que estoy divagando respecto a la bechamel que esperabais, pero no, porque este paralelo entre comida y lenguaje me ha hecho aflorar un recuerdo.

La bechamel en otro tiempo nosotros – mi abuela, y mi madre de cuando yo era niña, y la yo niña – la llamábamos balsamella. Sí, igual que la llamaba el Artusi. ¿También vosotros? ¿Y si es así, en qué época dejasteis de llamarla balsamella? Yo no lo sé, quizás a finales de los años 70. Incluso mi madre ya no usa este término obsoleto, pero nadie nos ha dicho nunca que lo cambiáramos, nadie nos ha dicho que debíamos llamarla bechamel, fue una actualización inconsciente.

Y si algún día sucediera que, consciente o inconscientemente, alguna receta fuera modificada, en el fondo… ¿qué problema podría haber? Pero, ¿de verdad es un problema serio debatir, o ofender, sobre cómo se debe hacer una carbonara (no en un restaurante, sino en casa propia, donde se espera que se pueda hacer lo que se quiera) ahora, en el mar de problemas enormes en los que nos estamos debatiendo en esta época? ¿Pero de verdad tenemos que leer cada día comentarios venenosos hacia quien ha osado añadir, por ejemplo, cacao en la pastiera, o cocido el ragú por menos de ochomil horas, o cosas similares? ¿Pero de dónde nace toda esta maldad, falta de educación y, también, soberbia? ¡Por favor!

Ahora os escribo sobre mi bechamel. Obviamente, si os apetece leerla. De lo contrario, y como en todo, de bechameles de todo tipo y género… estoy segura de que está lleno el web (¡y menos mal que es así!). 🙆‍♀️🤗

〰〰〰

  • Dificultad: Fácil
  • Costo: Muy económico
  • Tiempo de preparación: 5 Minutos
  • Métodos de Cocción: Cocina
  • Cocina: Italiana
  • Estacionalidad: Todas las estaciones

Ingredientes

  • 500 g leche
  • 30 g mantequilla
  • 30 g harina
  • nuez moscada
  • pimienta

Herramientas

  • Cacerola
  • Cuchara

Pasos

  • Derretir la mantequilla en una cacerola y añadir la harina.

    bechamel - mantequilla y harina
  • Amalgamar harina y mantequilla y cocinar durante un par de minutos removiendo con una cuchara o un batidor.

    Añadir la leche, poco a poco, siempre removiendo.

    Continuar removiendo hasta que la leche alcance el punto de ebullición.

    Continuar la cocción durante un par de minutos, o según sea necesario.

    ☝ La receta estándar que todos conocen prevé 100 g de harina y 100 de mantequilla por 1 litro de leche. Yo a menudo hago la dosis de medio litro (la de esta receta) y suelo usar menos mantequilla y menos harina porque prefiero obtener una bechamel más ligera y no demasiado densa, también porque luego al enfriarse se espesa. Según las necesidades (por exigencias personales o porque lo requiere la receta en la que deba usarse la bechamel) es posible variar a gusto la cantidad de mantequilla y harina, siempre manteniendo invariable la proporción, es decir, mismo peso de mantequilla y harina.

    👉 Usar la misma cantidad de mantequilla y harina debería servir para excluir la formación de grumos, pero en caso de que de todas formas se formase algún grumo será suficiente batir la bechamel con una batidora de inmersión.

    bechamel
  • Esta receta enriquecerá la colección de mis recetas de base, que os invito a consultar porque está llena de ideas útiles (útiles según yo, obviamente 😜). Haced clic aquí! o en la foto de abajo 👇👇

    recetas d base

Consejos sin sal

Senza sale Os recuerdo que yo cocino sin añadir sal 😉 Si queréis saber más, leed este artículo e inscribíos en mi grupo!

Si estás interesado en reducir o eliminar la sal, recuerda siempre:
▫ Disminuir la sal gradualmente, el paladar debe acostumbrarse poco a poco y no debe notar la progresiva reducción.
▫ Utilizar especias. Guindilla, pimienta, curry, nuez moscada, canela, clavos de olor, comino…
▫ Utilizar hierbas aromáticas. Albahaca, perejil, orégano, tomillo, salvia, mejorana, romero, menta…
▫ Utilizar semillas. Sésamo, piñones, almendras, nueces…
▫ Utilizar verduras picantes o frutas. Ajo, cebolla, limón, naranja…
▫ Utilizar mi granulado vegetal sin sal
▫ Preferir los alimentos frescos.
▫ Evitar las cocciones en agua, preferir cocciones que no dispersen los sabores (plancha, papillote, vapor, microondas)
▫ Evitar llevar a la mesa el salero!
▫ Concederse a veces un desliz con la regla. Hace bien al humor y ayuda a perseverar.

Si no quieres, o no puedes, renunciar a la sal:
▫ Puedes probar igualmente mis recetas salándolas según tus hábitos. 

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